hueso y metal derretidos. Tuvo la misma suerte la se-
gunda forma blindada que se acercó rápidamente. Des-
pués, una lanza de energía de color verde pálido tocó
el costado de la mujer, que cayó instantáneamente en
la cubierta, con la pistola todavía en su pequeña
palma.
Formas revestidas de metal se apiñaron a su alre-
dedor. Una de ellas, que llevaba en el brazo la insignia
de oficial inferior, se arrodilló y la hizo girar. Estudió
la forma paralizada con ojo experto.
—Se recuperará totalmente — declaró por fin mien-
tras miraba a sus subordinados —. Informad a Lord
Vader.
Threepio miraba hipnotizado por la puertecilla vi-
sora situada en la delantera de la minúscula cápsula
de escape, a medida que el ardiente ojo amarillo de
Tatooine comenzaba a tragarlos. Sabía que en algún
lugar, detrás de ellos, el caza inutilizado y el crucero
imperial se tornaban imperceptibles.
Para él, eso estaba bien. Si aterrizaban cerca de
una ciudad civilizada, buscaría un empleo elegante en
una atmósfera apacible, algo más adecuado a su sta-
tus y su adiestramiento. Los últimos meses le habían
provocado demasiada agitación y desconcierto para
una simple máquina.
La manipulación aparentemente al azar que Artoo
hacía de los mandos de la cápsula prometía cualquier
cosa menos un aterrizaje uniforme. Threepio estudió
preocupado a su compañero.
—¿Estás seguro de que sabes pilotar este cacha-
rro?
Artoo replicó con un silbido evasivo que en nada
alteró el desapacible estado de ánimo del robot más
alto.