II
Un refrán de los antiguos colonizadores afirmaba
que antes se quemaban los ojos fijándolos con aten-
ción en los llanos abrasados por el sol de Tatooine que
mirando directamente sus dos inmensos soles, en ra-
zón de la potencia del penetrante resplandor que se
reflejaba en aquellos desiertos interminables. A pesar
de ese resplandor, la vida podía existir y existía en las
llanuras formadas por lechos marinos evaporados mu-
cho tiempo atrás. Había algo que lo permitía: la re-
absorción del agua.
No obstante, para fines humanos, el agua de Tatooi-
ne sólo era relativamente accesible. La atmósfera cedía
su humedad de mala gana. Era necesario engañarla
para que bajara del resistente cielo azul... engañarla,
forzarla y arrastrarla hasta la reseca superficie.
Dos figuras preocupadas por obtener esa humedad
se encontraban de pie en una ligera elevación de uno
de aquellos llanos inhóspitos. Una de las dos era rígida
y metálica: un evaporador cubierto de arena y hun-
dido firmemente en ésta y en la roca más profunda.
La figura de al lado se encontraba mucho más anima-
da, aunque no menos curtida por el sol.
Luke Skywalker doblaba en edad al evaporador de