diez años, pero se sentía mucho menos seguro que
éste. En ese momento, maldecía suavemente a un re-
calcitrante regulador de una válvula del temperamen-
tal aparato. De vez en cuando, recurría a algún golpe
tosco en lugar de utilizar la herramienta adecuada.
Ninguno de los dos métodos funcionaba demasiado
bien. Luke estaba convencido de que los lubricantes
de los evaporadores se esforzaban por atraer la arena
y hacían seductoras señales a las pequeñas partículas
abrasivas con un destello oleoso. Se limpio el sudor
de la frente y descansó un instante. Lo más atractivo
del joven era su nombre. Una brisa ligera agitó su ca-
bello revuelto y su holgada túnica de trabajo mien-
tras observaba la máquina. «No tiene sentido enfure-
cerse», se dijo. «Sólo se trata de una máquina despro-
vista de inteligencia.»
Mientras Luke analizaba su situación, apareció una
tercera figura que corrió precipitadamente desde de-
trás del evaporador para tocar con torpeza la sección
dañada. Sólo funcionaban tres de los seis brazos del
robot modelo Treadwell, que estaban más gastados
que las botas que cubrían los pies de Luke. La máqui-
na realizó movimientos irregulares y de avance y de-
tención.
Luke la miró apenado y después inclinó la cabeza
para observar el cielo. Ni una sola señal de nubes, y
supo que nunca la habría a menos que lograra poner
en funcionamiento ese evaporador. Se disponía a in-
tentarlo una vez más cuando un rayo de luz pequeño
pero intenso llamó su atención. Con toda rapidez ex-
trajo los prismáticos prolijamente limpios de su cin-
turón de servicio y enfocó los lentes en dirección al
cielo.
Durante largo rato fijó la vista, deseoso de tener
un verdadero telescopio en lugar de los prismáticos.
Mientras miraba, se olvidó de los evaporadores, del
calor y de las restantes tareas cotidianas. Luke volvió