a colgarse los prismáticos al cinturón, giró y salió co-
rriendo en dirección al vehículo terrestre de alta velo-
cidad. A mitad de camino, gritó impaciente por enci-
ma del hombro:
—Date prisa. ¿Qué esperas? Ponte en marcha.
El Treadwell comenzó a avanzar hacia él, titubeó
y luego empezó a girar en un círculo cerrado, mientras
soltaba humo por todas las bisagras. Luke le impartió
nuevas instrucciones y finalmente renunció, asqueado
al comprender que necesitaría algo más que palabras
para poner de nuevo en funcionamiento al Treadweil.
Durante un instante, Luke tuvo dudas acerca de de-
jar la máquina... evidentemente, se dijo, sus compo-
nentes vitales estaban destrozados. De modo que su-
bió de un salto al vehículo terrestre e hizo que el flo-
tador de repulsión que acababan de reparar se incli-
nara peligrosamente hacia un costado, hasta que logró
igualar la distribución del peso al deslizarse detrás de
los mandos. Mantuvo la altitud ligeramente por enci-
ma del terreno arenoso y el vehículo se equilibró como
un bote en mar gruesa. Luke aceleró el motor, que
lanzó un gemido de protesta, y la arena revoloteó de-
trás del flotador mientras dirigía el aparato hacia la
lejana ciudad de Anchorhead.
A sus espaldas, un lastimero faro de humo negro,
procedente del robot que ardía, seguía ascendiendo
en el aire desértico y despejado. No estaría allí cuan-
do Luke retornara. En los vastos yermos de Tatooine
había recogedores de metal, así como de carne.
Las estructuras de metal y piedra, blanqueadas por
el lustre, de los mellizos Tatoo I y II se abrazaban es-
trechamente, tanto para hacerse compañía como para
protegerse. Constituían el nexo de la extensa comuni-
dad agrícola de Anchorhead.
En ese momento, las calles polvorientas y sin pa-