vimentar estaban tranquilas, desiertas. Los jejenes
zumbaban perezosamente en los aleros agrietados de
los edificios de canteras vertedoras. Un perro ladró a
lo lejos: era la única señal de vida hasta que apare-
ció una anciana solitaria que comenzó a cruzar la ca-
lle. Apretaba contra su pecho su chal solar metálico.
Algo la llevó a levantar la mirada y sus ojos cansa-
dos se esforzaron por ver a lo lejos. Un sonido aumen-
tó súbitamente de volumen a medida que una brillante
forma rectangular torcía rugiente en una esquina. Se
le salieron los ojos de las órbitas cuando el vehículo
se abalanzó sobre ella sin dar indicios de modificar su
marcha. A duras penas pudo apartarse.
Sin resuello y con su furioso puño en alto detrás
del vehículo terrestre, elevó la voz por encima de los
sonidos del motor:
—¡Chiquillos, nunca aprenderéis a reducir la velo-
cidad!
Quizá Luke la vio pero, indudablemente, no la oyó.
En ambos casos su atención estaba centrada en otra
parte mientras se detenía detrás de una estación de
cemento baja y prolongada. De la parte superior y de
los costados sobresalían diversas bobinas y varas. Las
implacables olas de arena de Tatooine rompían contra
las paredes de la estación con una espuma amarilla y
helada. Nadie se había molestado en quitar la arena.
No tenía sentido. De todos modos regresaría al día
siguiente.
Luke cerró de un golpe la puerta delantera y gritó:
—¡Eh!
Un joven robusto, vestido de mecánico, estaba re-
pantigado en una silla detrás del desordenado tablero
de mandos de la estación. El aceite que le protegía del
sol había evitado que su piel se quemara. La piel de
la muchacha sentada en su regazo estaba igualmente
protegida y la mayor parte de ella se encontraba al
descubierto. Por algún motivo, hasta el sudor seco le