sentaba bien.
—¡Eh, vosotros! —volvió a gritar Luke, pues con
su primer grito lo había obtenido todo, menos una
respuesta elocuente. Corrió hacia la sala de instrumen-
tos situada en la parte trasera de la estación, mien-
tras el mecánico, medio dormido, se pasaba una mano
por el rostro.
—¿No estaré oyendo un joven ruido pasando estre-
pitosamente por aquí? —murmuró el mecánico.
La muchacha sentada en su regazo se desperezó
sensualmente y su ropa raída se movió en varias di-
recciones sugerentes. Su voz sonaba indiferentemente
ronca.
—Oh — bostezó —, sólo fue Wormie, presa de uno
de sus ataques.
Deak y Windy levantaron la mirada de las quinie-
las que hacían con la ayuda de una computadora cuan-
do Luke entró turbulentamente en la habitación. Iban
vestidos del mismo modo que Luke, aunque sus ro-
pas les sentaban mejor y estaban menos gastadas.
Los tres jóvenes diferían notoriamente del corpu-
lento y agraciado jugador situado en la punta más le-
jana de la mesa. Con su pelo prolijamente cortado y
su impecable uniforme, destacaba en la habitación
como una amapola oriental en un mar de avena. Más
allá de los tres humanos se oía un suave zumbido, pro-
ducido por un robot de reparaciones que arreglaba
pacientemente una pieza descompuesta del equipo de
la estación.
—¡Terminad, muchachos! —gritó Luke, excitado.
Después reparó en el hombre de uniforme, y su mira-
da súbita y repentina le reconoció al instante—:
¡Biggs!
El rostro del hombre se iluminó con una sonrisa
a medias.
—Hola, Luke.
Después se abrazaron afectuosamente. Por último,