Mediante palabras y empujones consiguió que los
ocupantes de la estación salieran a la potente luz so-
lar. Camie, sobre todo, parecía molesta.
—Será mejor que valga la pena, Luke — le advir-
tió, y protegió sus ojos del resplandor.
Luke ya tenía los prismáticos preparados y reco-
rría los cielos con la mirada. Sólo tardó un instante
en encontrar un punto determinado.
—Ya os lo dije — insistió —. Allí está.
Biggs se acercó y cogió los prismáticos mientras
los demás observaban forzando la mirada. Una ligera
readaptación permitió el enfoque correcto para que
Biggs distinguiera dos puntos plateados contra el
firmamento oscuro.
—Eso no es una batalla, experto —afirmó Biggs
mientras bajaba los prismáticos y miraba con afecto
a su amigo —. Sencillamente, están ahí. Dos naves,
es verdad... probablemente se trata de una barcaza
que aprovisiona un carguero, ya que Tatooine no tie-
ne estación orbital.
—Hubo muchos disparos... antes —agregó Luke.
Su entusiasmo inicial comenzaba a debilitarse ante la
arrolladora seguridad de su amigo.
Camie quitó los prismáticos a Biggs y, al hacerlo,
los golpeó ligeramente contra un pilar. Luke se los
arrebató rápidamente y estudió la cubierta para ave-
riguar si estaba dañada.
—No te preocupes tanto, Wormie — se mofó la
muchacha.
Luke avanzó un paso hacia ella y se detuvo cuando
el mecánico, más fornido, se interpuso sin dificultades
y le dedicó una sonrisa de advertencia. Luke meditó
y restó importancia al incidente.
—Estoy cansado de decirte, Luke — dijo el mecá-
nico, con la actitud de un hombre harto de repetir en
vano lo mismo —, que la rebelión está muy lejos de
aquí. Dudo de que el Imperio esté dispuesto a luchar