Por encima de ella se elevaba la masa amenazante
de Darth Vader, con los ojos inyectados y furiosos tras
la horrible máscara respiratoria. Un músculo se con-
trajo en una de las tersas mejillas de la joven, pero
ésa fue su única reacción. Su voz no mostraba la más
mínima vacilación.
—Darth Vader... debí saberlo. Sólo usted podía
ser tan osado... y tan estúpido. Bien, el Senado impe-
rial no se quedará cruzado de brazos. Cuando se ente-
ren de que usted ha atacado una misión diploma...
—Senadora Leia Organa — atronó la voz de Vader
con suavidad, aunque con fuerza suficiente para anu-
lar sus protestas. Su contento por haberla encontrado
resultaba evidente por el modo en que saboreaba cada
sílaba—. Su Alteza, no juegue conmigo —prosiguió
siniestramente —. Esta vez no está en una misión mi-
sericordiosa. Atravesó directamente un sistema res-
tringido, ignoró numerosas advertencias y no hizo
caso de las órdenes de regresar... hasta que ya no im-
portó. — El inmenso cráneo de metal se acercó —. Sé
que espías de este sistema emitieron varias transmi-
siones a esta nave. Cuando rastreamos esas transmi-
siones hasta los individuos que las emitieron, éstos tu-
vieron el mal gusto de suicidarse antes de que pudié-
ramos interrogarlos. Quiero saber qué ha ocurrido con
los datos que le enviaron.
Ni las palabras de Vader ni su presencia hostil pa-
recieron influir en la muchacha.
—No sé qué disparates está diciendo — repuso, y
apartó la mirada —. Soy un miembro del Senado que
cumple una misión diplomática a...
—A su zona de la alianza rebelde — declaró Vader
interrumpiéndola con tono acusador—. Además, es
una traidora. — Dirigió la mirada a un oficial próxi-
mo —: Llévesela.
Ella logró alcanzarle con un escupitajo, que lanzó
sobre el blindaje bélico todavía caliente. Vader se des-