Ambos hombres atravesaron la entrada que condu-
cía al crucero.
—¡Qué lugar tan abandonado!
Threepio giró cautelosamente para mirar la cápsu-
la semienterrada en la arena. Sus giros internos toda-
vía funcionaban irregularmente a causa del tormento-
so aterrizaje. ¡Aterrizaje! La simple pronunciación de
la palabra halagaba indebidamente a su aburrido com-
pañero.
Además, suponía que tenía que estar agradecido
porque habían llegado sanos y salvos. Aunque no es-
taba seguro de que se encontraran mejor allí que si
se hubiesen quedado en el crucero capturado, refle-
xionó mientras estudiaba el árido paisaje. Por un
lado, altas mesetas de piedra arenisca dominaban el
horizonte. Los restantes puntos cardinales sólo mos-
traban contiguas e interminables series de dunas, se-
mejantes a largos dientes amarillos que se extendían
kilómetro tras kilómetro a lo lejos. El océano de are-
na se fundía con el resplandor del cielo hasta tal pun-
to que resultaba imposible distinguir dónde terminaba
uno y dónde comenzaba el otro.
Una ligera nube de minúsculas partículas de polvo
se levantó a medida que los dos robots se alejaban de
la cápsula. El vehículo, después de cumplir totalmen-
te su misión, ya era inservible. Ninguno de los dos ro-
bots había sido diseñado para la locomoción a pie en
este tipo de terreno, de modo que tuvieron que luchar
para abrirse paso a través de la superficie irregular.
—Parece que hemos sido hechos para sufrir — gi-
mió Threepio compadeciéndose—. ¡Qué vida tan po-
drida! —Algo chirrió en su pierna derecha y recu-
ló —. Necesito descansar antes de caer hecho pedazos.
Mis interiores todavía no se han recuperado de ese
precipitado encontronazo que llamaste aterrizaje.