Se detuvo, pero Artoo Detoo no le imitó. El peque-
ño autómata había virado bruscamente y ahora ana-
deaba lenta pero uniformemente en dirección al salien-
te de la meseta más cercana.
—¡Eh! —gritó Threepio. Artoo ignoró la llamada
y siguió avanzando —. ¿Adonde vas?
Artoo se detuvo y emitió un torrente de explicacio-
nes electrónicas mientras Threepio, agotado, avanza-
ba hacia él.
—Bueno, pero no iré por ahí — declaró Threepio
en cuanto Artoo concluyó la explicación —. Es dema-
siado rocoso. — Señaló en la dirección por la cual ha-
bían caminado, en un ángulo que se alejaba de los
riscos —. Por aquí es mucho más fácil. — Una mano
de metal señaló despectivamente las altas mesetas—.
De todos modos, ¿qué te hace pensar que por allí hay
colonias?
De las profundidades de Artoo surgió un largo
chillido.
—No me vengas con tecnicismos — le advirtió
Threepio—. Estoy harto de tus decisiones.
Artoo lanzó de nuevo su bip.
—Está bien, ve por donde quieras — declaró
Threepio con grandilocuencia—. En un día la arena
te arrastrará, miope pila de chatarra. — Dio un desde-
ñoso empujón a la unidad Artoo y el robot más pe-
queño cayó en una duna ligera. Mientras éste luchaba
para ponerse de pie, Threepio inició la marcha hacia
el horizonte confuso y resplandeciente y echó una mi-
rad por encima del hombro —. Que no descubra que
me sigues pidiendo ayuda — advirtió —, porque no la
obtendrás.
La unidad Artoo se enderezó. Se detuvo un instan-
te para limpiar su único ojo electrónico con un brazo
auxiliar. Luego emitió un chillido electrónico que era
casi una expresión humana de furia. Tarareó suave-
mente para sus adentros, giró y avanzó penosamente