hacia las sierras de piedra arenisca como si no hubie-
se ocurrido nada.
Varias horas más tarde, un esforzado Threepio,
con el termostato interno sobrecargado peligrosamen-
te cerca de la interrupción por recalentamiento, alcan-
zó la cima de lo que esperaba que fuera la última
duna. Cerca de allí, pilares y contrafuertes de calcio
blanqueado — los huesos de alguna enorme bestia —
formaban un mojón poco prometedor. Al llegar a la
cima, Threepio miró angustiado hacia adelante. En
lugar del esperado verdor de la civilización humana,
sólo vio más dunas, idénticas en su forma a aquella
en que ahora se encontraba. La más distante se eleva-
ba aún más que la que acababa de coronar.
Threepio giró y miró hacia la altiplanicie rocosa
ahora lejana, que comenzaba a tornarse indistinta a
causa de la distancia y la distorsión producida por el
calor.
—Imbécil defectuoso —murmuró, incapaz ahora
de reconocer, incluso para sus adentros, que quizá la
unidad Artoo podía tener razón —. Todo esto es cul-
pa tuya. Me engañaste para que viniera por aquí, pero
no lograrás nada mejor.
Tampoco él lo lograría si no continuaba. Por eso
avanzó un paso y oyó que algo rechinaba sordamente
en el interior de la articulación de una pierna. Se sen-
tó en medio de un hedor eléctrico y comenzó a extraer
arena de sus coyunturas atascadas.
Podía seguir el mismo camino, se dijo. O podía
reconocer un error de juicio y tratar de alcanzar a
Artoo Detoo. Ninguna de las dos perspectivas le atraía
demasiado.
Pero existía una tercera posibilidad. Podía sentar-
se allí y brillar bajo la luz del sol hasta que sus ar-
ticulaciones se trabaran, sus interiores se recalenta-
ran y los rayos ultravioletas quemaran sus fotorrecep-
tores. Se convertiría en otro monumento al poder des-