su amigo—. Escucha, Luke, tal vez seas el piloto de
monte más arriesgado a este lado de Mos Eisley, pero
esos pequeños saltadores celestes pueden ser peligro-
sos. Se mueven espantosamente rápidos, si tenemos en
cuenta que son una nave troposférica... más rápida-
mente de lo necesario. Sigue haciendo de jockey del
motor con alguno de ellos y algún día... ¡paf! —Gol-
peó violentamente el puño contra la palma de la otra
mano —. Sólo serás un punto oscuro en el lado húme-
do de la pared del cañón.
—Mira quién habla — replicó Luke —. Sólo por ha-
ber estado en una nave espacial automática empiezas
a expresarte como mi tío. Te has ablandado en la ciu-
dad. —Golpeó vehementemente a Biggs, que bloqueó
el movimiento con facilidad y realizó un débil gesto
de contraataque.
La indolente presunción de Biggs se convirtió en
algo más vehemente:
—Te eché de menos, muchacho.
Luke apartó la mirada, incómodo.
—Nada ha sido exactamente igual desde que te
marchaste, Biggs. Ha estado todo tan... —Luke buscó
la palabra adecuada y, por último, concluyó desespe-
ranzado —: ... tan
tranquilo. —
Su mirada recorrió
las calles arenosas y desiertas de Anchorhead—. En
realidad, siempre está tranquilo.
Biggs guardó silencio y se mostró pensativo. Miró
a su alrededor. Estaban solos, afuera. Todos los de-
más se encontraban disfrutando del frescor relativo
de la estación de energía. Luke percibió una insólita
solemnidad en el tono de su amigo.
—Luke, no he regresado para despedirme ni para
jactarme porque aprobé en la Academia. — Pareció
vacilar, inseguro. Luego se descolgó rápidamente, sin
darse la posibilidad de retroceder—. Pero quiero que
alguien lo sepa. No puedo contárselo a mis padres.