—insistió Luke, más para alentarse a sí mismo que
para Biggs—. Y después, ¿quién sabe dónde acabaré?
— Parecía decidido —. No me alistarán en la flota es-
pacial, puedes estar seguro. Cuídate. Tú... siempre se-
rás el mejor amigo que he tenido. — No había necesi-
dad de que se estrecharan las manos. Hacía mucho
tiempo que ambos estaban más allá de eso.
—Entonces, Luke, hasta pronto — replicó Biggs
con sencillez. Giró y volvió a entrar en la estación de
energía.
Luke le vio desaparecer por la puerta, con sus pen-
samientos tan caóticos y frenéticos como una de las
repentinas tormentas de polvo de Tatooine.
Existían diversos caracteres extraordinarios que
singularizaban la superficie de Tatooine. Entre ellos
sobresalían las misteriosas nieblas que regularmente
surgían del terreno en los puntos en donde las arenas
del desierto chocaban contra los riscos y las llanuras
inflexibles.
Aunque la bruma en un desierto humeante parecía
tan fuera de lugar como un cactus en un glaciar, no
por ello dejaba de existir. Los meteorólogos y los geó-
logos discutían su origen y sugerían teorías difíciles
de creer acerca del agua suspendida en las vetas de
piedra arenisca debajo de la arena y reacciones quími-
cas incomprensibles que hacían que el agua ascendie-
ra cuando el terreno se enfriaba y volviera a caer sub-
terráneamente con el doble amanecer. Todo era muy
atrasado y muy real.
Ni la niebla ni los extraños gemidos de los habi-
tantes nocturnos del desierto perturbaban a Artoo De-
too mientras ascendía con cuidado por el arroyo roco-
so, en busca del camino más fácil hasta lo alto de la
llanura. Sus tacos cuadrados y anchos producían soni-