dos chasqueantes bajo la luz de la tarde, a medida que
la arena dejaba paso gradualmente a la grava.
Se detuvo durante un instante. Creyó detectar un
ruido como de metal sobre roca, en lugar de un soni-
do de roca sobre roca, hacia adelante. Pero el sonido
no se repitió y Artoo reanudó prontamente su ascenso
de ánade.
Arroyo arriba, demasiado alto para verlo desde
abajo, un guijarro se soltó del muro de piedra. La mi-
núscula figura que había aflojado accidentalmente el
guijarro desapareció como un ratón entre las som-
bras. Dos puntos brillantes de luz aparecieron bajo los
pliegues superpuestos de un capotillo marrón a un me-
tro de la muralla del cañón que se estrechaba.
Sólo la reacción del confiado robot indicó la pre-
sencia del rayo siseante en el mismo instante en que
lo alcanzó. Durante un momento, Artoo Detoo lanzó
extrañas fluorescencias bajo la luz decreciente. Se pro-
dujo un único y breve chillido electrónico. A continua-
ción, el soporte en forma de trípode perdió el equili-
brio y el pequeño autómata cayó de espaldas, con las
luces delanteras parpadeando erráticamente a causa
de los efectos del rayo paralizador.
Tres parodias de hombre salieron corriendo de de-
trás de unos cantos rodados que los ocultaban. Sus
movimientos eran más de roedor que de humano y su
altura superaba ligeramente a la de la unidad Artoo.
Cuando vieron que el estallido de energía enervante
había inmovilizado al robot, guardaron sus extrañas
armas. No obstante, se acercaron cautelosamente a la
paralizada máquina, con la agitación de los cobardes
natos.
Sus capas estaban densamente cubiertas de polvo
y arena. Las enfermizas pupilas rojo amarillentas bri-
llaban como las de un gato desde el fondo de sus ca-
puchas, mientras estudiaban al cautivo. Los jawas
conversaban con suaves graznidos guturales y enma-