pilas e instrumentos descompuestos de chatarra pura,
alrededor de una docena de robots de formas y tama-
ños diversos poblaba la cárcel. Algunos desarrollaban
una conversación electrónica. Otros daban vueltas al
azar. Cuando Artoo se dejó caer en la cámara, una voz
estalló sorprendida:
—¡Artoo Detoo... eres tú, eres tú! —gritó agitada-
mente Threepio desde la oscuridad cercana. Se abrió
paso hasta la unidad de reparaciones todavía inmovi-
lizada y casi la abrazó humanamente. Al distinguir el
pequeño disco adherido a un costado de Artoo, Three-
pio bajó pensativamente la mirada por su pecho, don-
de habían colocado un artilugio semejante.
Unas imponentes palancas, insuficientemente lubri-
cadas, comenzaron a moverse. El monstruoso reptante
arenero giró con un crujido y avanzó rechinando con
implacable paciencia por la noche desértica.