III
La bruñida mesa de conferencias era tan desalma-
da e inflexible como el humor de los ocho senadores
y oficiales imperiales reunidos en tomo a ella. Los sol-
dados imperiales montaban guardia en la entrada de
la cámara, que estaba escasamente amueblada y fría-
mente iluminada por luces situadas en la mesa y en
las paredes. Uno de los más jóvenes de los ocho pero-
raba. Mostraba la actitud de aquel que ha trepado alto
y rápido mediante métodos que no conviene analizar a
fondo. El general Tagge poseía cierto genio retorcido
pero esa habilidad sólo le había encumbrado parcial-
mente a su alto puesto actual. Otras despreciables ha-
bilidades habían demostrado ser igualmente eficaces.
Aunque su uniforme estaba tan perfectamente
amoldado y su cuerpo tan limpio como el de cualquie-
ra otra de las personas que se encontraba en la sala,
ninguno de los siete restantes se atrevía a tocarle. Cier-
ta viscosidad se aferraba empalagosamente a él, una
sensación presentida más que táctil. A pesar de ello,
muchos le respetaban. O le temían.
—Digo que esta vez ha ido demasiado lejos —in-
sistía con vehemencia el general —. Este señor de Sith
que está con nosotros a ruegos del Emperador, será