nuestra perdición. Hasta que la estación de combate
no sea plenamente operativa, seguiremos siendo vul-
nerables. Parece que algunos de vosotros todavía no
comprendéis lo bien equipada y organizada que está
la alianza rebelde. Sus naves son excelentes y sus pi-
lotos, mejores. Y están impulsados por algo más po-
tente que los motores: el fanatismo perverso y reac-
cionario. Son más peligrosos de lo que la mayoría de
vosotros cree.
Un oficial de más edad, con la cara cubierta de ci-
catrices tan profundas que ni siquiera la mejor cirugía
plástica podía reparar en su totalidad, se agitó nervio-
samente en la silla.
—Peligrosos para su flota espacial, genera] Tagge,
pero no para esta estación de combate. — Los ojos
secos se posaron de hombre en hombre y recorrieron
la mesa—. Pienso que Lord Vader sabe lo que hace.
La rebelión continuará, siempre y cuando esos cobar-
des tengan un santuario, un sitio donde sus pilotos
puedan descansar y reparar sus máquinas.
Tagge puso reparos.
—Lamento discrepar, Romodi. Creo que la cons-
trucción de esta estación está más relacionada con el
anhelo de poder personal y de reconocimiento del go-
bernador Tarkin que con cualquier estrategia militar
justificable. Los rebeldes seguirán aumentando el apo-
yo en el Senado mientras...
El ruido de la única puerta que se abría y los guar-
dias que adoptaban la posición de firmes le interrum-
pieron. Giró la cabeza, como todos los demás.
Dos individuos tan distintos de aspecto como uni-
dos en sus objetivos, habían entrado en el aposento.
El más cercano a Tagge era un hombre delgado, con
cara de cuchillo, que había tomado prestadas la cabe-
llera y la forma de una vieja escoba, y la expresión de
una piraña inactiva. El Gran Moff Tarkin, gobernador
de numerosos territorios imperiales remotos, resulta-