ba pequeño junto al cuerpo amplio y blindado de
Lord Darth Vader.
Tagge, dominado aunque en absoluto intimidado,
se sentó lentamente mientras Tarkin ocupaba su sitio
en el extremo de la mesa de conferencias. Vader se de-
tuvo frente a él, como una presencia dominante situa-
da detrás de la silla del gobernador. Durante un ins-
tante, Tarkin miró fijamente a Tagge y después apartó
la mirada como si no hubiese reparado en nada. Tag-
ge echó pestes pero se mantuvo callado.
Mientras la mirada de Tarkin recorría la mesa, una
sonrisa satisfecha, delgada como una navaja, perma-
neció congelada en su semblante.
—Caballeros, el Senado imperial ya no será una
preocupación para nosotros. Acabo de recibir la noti-
cia de que el Emperador ha disuelto de manera per-
manente ese equívoco organismo.
Un murmullo de sorpresa recorrió la asamblea.
—Finalmente se han suprimido los restos de la An-
tigua República —prosiguió Tarkin.
—Eso es imposible —intervino Tagge—. ¿Cómo
controlará el Emperador la burocracia imperial?
—Tiene que comprender que la representación se-
natorial no ha sido formalmente abolida — explicó
Tarkin—. Simplemente ha sido reemplazada —son-
rió más abiertamente— mientras dure el estado de
emergencia. Ahora los gobernadores regionales ten-
drán el control directo y vía libre para administrar
sus territorios. Esto significa que, al fin, la presencia
imperial podrá llevarse adecuadamente a los mundos
irresolutos del Imperio. A partir de ahora, el temor
mantendrá a raya a los gobiernos locales potencial-
mente traidores. El temor a la flota imperial... y el te-
mor a esta estación bélica.
—¿Y la rebelión existente? —inquirió Tagge.
—Si de algún modo los rebeldes lograran hacerse
con el esquema técnico completo de esta estación de