combate, existe la posibilidad remota de que pudieran
localizar un punto débil que podrían explotar secun-
dariamente. — La sonrisa de Tarkin se convirtió en
una mueca afectada—. Por supuesto, todos sabemos
cuan guardados y cuidadosamente protegidos están
esos datos vitales. Es imposible que caigan en manos
rebeldes.
—Los datos técnicos a los que se refiere indirecta-
mente —atronó enfurecido Darth Vader—, pronto
volverán a nuestras manos. Si...
Tarkin interrumpió al Oscuro Señor, algo que nin-
gún otro de los reunidos en tomo a la mesa se habría
atrevido a hacer.
—No tiene importancia. Cualquier ataque que los
rebeldes dirigieran contra esta estación sería un gesto
suicida, suicida e inútil... al margen de cualquier in-
formación que lograran obtener. Después de muchos
años de construirla secretamente — declaró con no-
torio placer—, esta estación se ha convertido en la
fuerza decisiva de esta parte del universo. Los aconte-
cimientos de esta región de la galaxia ya no estarán
determinados por el destino, por decretos o por algún
organismo. ¡ Esta estación los decidirá!
Una enorme mano cubierta de metal hizo un ligero
gesto y uno de los vasos llenos que se encontraba so-
bre la mesa se inclinó a modo de respuesta. El Oscuro
Señor prosiguió con tono ligeramente regañón:
—Tarkin, no se sienta tan orgulloso del terror tec-
nológico que ha engendrado. La capacidad de destruir
una ciudad, un mundo o todo un sistema, sigue sien-
do insignificante cuando se la compara con la fuerza.
—«La fuerza» —se burló Tagge—. Lord Vader, no
intente
asustarnos
con sus actitudes de hechicero. Su
triste devoción a esa mitología antigua no le ayudó a
lograr que aparecieran las cintas robadas ni lo dotó
de la necesaria clarividencia para localizar la fortaleza
oculta de los rebeldes. Bien, es suficiente para reír de