acuerdo con...
Los ojos de Tagge sobresalieron bruscamente y se
llevó las manos al cuello cuando comenzó a adquirir
un desconcertante matiz azul.
—Esta falta de fe me resulta perturbadora — afir-
mó Vader moderadamente.
—Es suficiente —declaró Tarkin, acongojado—.
Vader, suéltelo. Estos altercados entre nosotros no tie-
nen sentido.
Vader se encogió de hombros como si eso carecie-
ra de importancia. Tagge se dejó caer en el asiento, se
frotó el cuello y su cauta mirada no abandonó un solo
instante al oscuro gigante.
—Lord Vader nos comunicará el emplazamiento
de la fortaleza rebelde en el momento en que esta es-
tación se declare operativa —afirmó Tarkin—. En
cuanto lo sepamos, iremos allí, la destruiremos total-
mente, y aplastaremos esa patética rebelión de un solo
golpe.
—Como el Emperador lo desee... así será —agre-
gó Vader con sarcasmo.
Si alguno de los poderosos hombres sentados
en
torno a la mesa consideró objetable su tono irrespe-
tuoso, le bastó con una mirada a Tagge para conven-
cerse de que no había que mencionarlo.
La oscura prisión apestaba a aceite rancio y lubri-
cantes viejos, un auténtico osario metálico. Threepio
soportó la desconcertante atmósfera lo mejor que
pudo. Fue una batalla constante para evitar que cada
rebote inesperado le arrojara contra las paredes o en-
cima de otra máquina.
Con el fin de conservar la energía —y también
para evitar el torrente constante de quejas de sus com-
pañeros más altos—, Artoo Detoo había interrumpido
todas sus funciones externas. Yacía inerte en medio