de una pila de partes secundarias, por el momento su-
blimemente despreocupado por su destino.
—¿Nunca acabará esto? —se quejó Threepio cuan-
do otra sacudida violenta empujó bruscamente a los
habitantes de la prisión. Ya había formulado y des-
cartado medio centenar de finales espantosos. Sólo es-
taba seguro de que el arreglo posterior sería peor que
todo lo que podía imaginar.
Entonces, sin aviso previo, tuvo lugar algo más per-
turbador que la sacudida más violenta. El gemido del
reptante arenero se apagó y el vehículo se detuvo, casi
como si respondiera a la pregunta de Threepio. De los
artilugios mecánicos que todavía conservaban una
apariencia de sensibilidad surgió un nervioso zumbi-
do mientras especulaban sobre su actual situación y
su probable destino.
Threepio ya no ignoraba quiénes eran sus capto-
res ni sus posibles motivos. Los cautivos locales ha-
bían explicado la naturaleza de los nómadas mecáni-
cos casi humanos, los jawas. Viajaban en sus enormes
hogares-fortalezas móviles y recorrían las regiones
más inhóspitas de Tatooine en busca de minerales va-
liosos... y máquinas utilizables. Nunca los habían vis-
to sin sus capas y sus máscaras protectoras contra la
arena, de modo que nadie conocía exactamente su as-
pecto. Pero tenían fama de ser extraordinariamente
feos. Threepio no necesitaba que le convencieran.
Se inclinó sobre su compañero todavía inmóvil y
comenzó a sacudir uniformemente el torso en forma
de barril. Los sensores epidérmicos de la unidad Ar-
too se activaron y las luces de la delantera del peque-
ño robot iniciaron un despertar sucesivo.
—Despierta, despierta —le apremió Threepio—.
Nos hemos detenido en algún sitio. — Al igual que va-
rios robots más imaginativos, sus ojos recorrían cau-
telosamente las paredes de metal, pues temía que en
cualquier momento un panel oculto se abriera y en-