la existencia de una vivienda modesta pero aislada. La
idea de ser desguazado o de matarse trabajando en
alguna mina, a alta temperatura, desapareció lenta-
mente. Su estado de ánimo se elevó.
—Después de todo, tal vez esto no sea tan malo
— murmuró esperanzado —. Si logramos convencer a
estos bichos bípedos de que nos dejen aquí, tal vez
podamos volver a realizar un servicio humano sensi-
ble en lugar de que nos conviertan en escoria-
La única respuesta de Artoo fue un gorjeo evasivo.
Ambas máquinas guardaron silencio mientras los ja-
was comenzaban a correr a su alrededor, se esforza-
ban por enderezar a una pobre máquina con el espi-
nazo terriblemente torcido, o por disimular una mella
o raspadura con líquido y polvo.
Mientras dos de ellos le rodeaban y se ocupaban
de su piel cubierta de arena, Threepio se esforzó por
ahogar una expresión de repugnancia. Una de sus múl-
tiples funciones análogas a las humanas era la capa-
cidad de reaccionar naturalmente ante los olores de-
sagradables. Evidentemente, los jawas no conocían la
higiene. Pero Threepio estaba seguro de que de nada
serviría que se lo dijera.
Nubes de insectos rozaban los rostros de los ja-
was, sin que éstos les hicieran caso. Resultaba eviden-
te que las minúsculas plagas individualizadas estaban
consideradas como un tipo de apéndice distinto, una
especie de brazo o pierna extra.
Threepio observaba tan concentrado que no repa-
ró en las dos figuras que avanzaban hacia ellos desde
la cúpula más grande. Artoo tuvo que darle un ligero
codazo para que mirara.
El primer hombre tenía un torvo aspecto de ago-
tamiento y parecía semiperplejo, con el rostro empa-
pado de arena por demasiados años de discusión con
un ambiente hostil. Su pelo canoso se retorcía en en-