marañados rizos como hélices de yeso. El polvo endu-
recía su rostro, sus ropas, sus manos y sus pensamien-
tos. Pero el cuerpo, si no el espíritu, seguía siendo
poderoso.
Relativamente empequeñecido por el cuerpo de lu-
chador de su tío, Luke avanzó detrás de él con los
hombros caídos y su aspecto en ese momento era de
abatimiento más que de cansancio. Pensaba en mu-
chas cosas que poco tenían que ver con la agricultura.
La mayoría de ellas se referían al resto de su vida y
al compromiso contraído por su mejor amigo, que re-
cientemente se había marchado más allá del cielo
azul para ingresar en una carrera más dura pero más
valiosa.
El hombre más corpulento se detuvo delante del
grupo e inició un extraño y vociferante diálogo con el
jawa encargado. Cuando querían, los jawas se hacían
entender.
Luke permaneció cerca y escuchó con indiferencia.
Siguió a su tío cuando éste comenzó a revisar las cin-
co máquinas y sólo se detuvo para murmurar una o
dos palabras a su sobrino. Le resultaba difícil prestar
atención, aunque sabía que debía aprender.
—¡Luke... oh, Luke! —gritó una voz.
Luke se desentendió de la conversación — que con-
sistía en que el jawa principal ensalzaba las incompa-
rables virtudes de las cinco máquinas y en que su tío
replicaba con mofas —, avanzó hasta el borde próxi-
mo del patio subterráneo y atisbo hacia abajo.
Una mujer fornida, con expresión de gorrión per-
dido, arreglaba las plantas decorativas. Le miró:
—Por favor, dile a Owen que si compra un traduc-
tor se cerciore de que habla bocee. ¿Quieres, Luke?
Luke giró, observó por encima del hombro y estu-
dió la abigarrada colección de agotadas máquinas.
—Parece que no tendremos muchas posibilidades