nar hacia el garaje mientras Owen se dedicaba a nego-
ciar el precio con el jawa.
Otros jawas trasladaban a las tres máquinas res-
tantes al reptante arenero cuando algo exhaló un bip
casi patético. Luke se dio vuelta y vio que la unidad
Artoo abandonaba la formación y se dirigía hacia él.
Un jawa que esgrimía un aparato de mando que acti-
vaba el disco adherido
a-
la placa delantera de la má-
quina le detuvo de inmediato.
Luke estudió interesado al androide rebelde. Three-
pio comenzó a decir algo, evaluó las circunstancias y
se calló. Permaneció en silencio y con la vista fija
adelante.
Un minuto después, algo tintineó agudamente muy
cerca de allí. Luke bajó la mirada y vio que el androi-
de agrícola había perdido la placa de la cabeza. De su
interior surgió un ruido rechinante. Un segundo des-
pués la máquina desparramaba sus componentes in-
ternos sobre el terreno arenoso.
Luke se acercó y miró en el interior del expecto-
rante ser mecánico. Gritó:
—¡Tío Owen! El servomotor central de esta culti-
vadora está averiado. Mira... — se estiró, intentó ajus-
tar el aparato y retrocedió a toda prisa cuando éste
comenzó a chisporrotear desenfrenadamente.
El aislamiento crujiente y los circuitos corroídos
cubrieron el despejado aire desértico con un olor acre
que recordaba la muerte mecanizada.
Owen Lars dirigió una furibunda mirada al nervio-
so jawa.
—¿Qué tipo de chatarra intentas endosamos?
El jawa replicó indignada y ruidosamente a la vez
que se alejaba, con precaución, dos pasos del fornido
humano. El hecho de que el hombre se encontrara en-
tre él y la reconfortante serenidad del reptante are-
nero lo acongojaba.
Mientras tanto, Artoo Detoo había abandonado el