Mientras el jawa se inclinaba y rechinaba de impacien-
te codicia, Owen le pagó.
Entretanto, Luke había dirigido a los dos robots
hacia una abertura del árido terreno. Pocos segundos
después bajaban por una rampa que los repelentes
electrostáticos impedían que se llenara de montones
de arena.
—Jamás olvides esto — dijo Threepio a Artoo acer-
cándose a la máquina más pequeña—. Está más allá
de mi capacidad de comprensión la razón de que sa-
que la cara por tí cuando sólo me traes problemas.
El pasadizo se ensanchaba hasta convertirse en ga-
raje, atestado de herramientas y de artículos de ma-
quinaria agrícola. La mayoría de ellos parecían muy
usados, algunos eran casi inservibles. Pero las luces
reconfortaron a ambos androides y la cámara poseía
cierto ambiente hogareño que apuntaba hacia una
tranquilidad que ninguno de ellos había experimenta-
do desde hacía mucho tiempo. Cerca del centro del
garaje había una enorme cuba y el aroma que surgía
de ella crispó los sensores olfativos principales de
Threepio.
Luke sonrió al reparar la reacción del robot.
—Sí, es un baño de lubricación. — Evaluó al alto
robot broncíneo —. A juzgar por tu aspecto, no te ven-
dría mal una inmersión de una semana. Pero no po-
demos hacerlo, de modo que tendrás que arreglártelas
con una tarde. — Después Luke dirigió su atención a
Artoo Detoo, avanzó hasta él y abrió un panel que con-
tenía varias palancas —. En cuanto a tí — prosiguió y
lanzó un silbido de sorpresa —, no sé cómo has segui-
do funcionando. No resulta sorprendente, teniendo en
cuenta la renuencia de los jawas a separarse de cual-
quier fracción de ergio que no necesitan. Te ha llegado
la hora de la recarga —dijo señalando una enorme
unidad de energía.
Artoo Detoo siguió el gesto de Luke, emitió un bip