y anadeó hasta la construcción en forma de caja.
Cuando halló el cordón adecuado, abrió automática-
mente un panel y enchufó los dientes triples en su
rostro.
Threepio se había acercado al gran depósito prác-
ticamente lleno de aromático aceite de limpieza. Se
metió lentamente en el tanque a la vez que lanzaba
un suspiro casi humano.
—Portaos bien — les aconsejó Luke mientras se
acercaba a un pequeño saltador celestial de dos pla-
zas ; la poderosa y pequeña nave espacial suborbital
se encontraba en la sección del hangar del garaje-ta-
ller —. Tengo que hacer algunas cosas.
Lamentablemente, el ánimo de Luke seguía influen-
ciado por el recuerdo de su despedida con Biggs, de
modo que horas después había terminado pocas ta-
reas. Mientras pensaba en la partida de su amigo, Luke
pasaba una mano acariciante por la dañada aleta de
babor del saltador, la aleta que había dañado mien-
tras recorría con un caza Tie imaginario los giros y
recodos retorcidos de un estrecho cañón. Fue enton-
ces cuando el borde saliente le golpeó con tanta fuer-
za como un rayo de energía.
Bruscamente, algo comenzó a hervir en su interior.
Con excepcional violencia, arrojó la llave inglesa so-
bre una mesa de trabajo cercana.
—¡ Simplemente, no es justo! — declaró sin diri-
girse a nadie en particular. Bajó la voz, desconsola-
do —. Biggs tiene razón. Nunca saldré de aquí. Él
proyecta la rebelión contra el Imperio y yo estoy atra-
pado en esta desgraciada granja.
—Disculpe, señor, no lo he oído.
Luke se giró sorprendido, pero sólo se trataba del
androide alto, Threepio. El contraste con la visión ini-
cial que Luke había tenido del robot era sorprendente.
La aleación de color bronce resplandecía bajo las luces