del cielorraso del garaje, ya que los potentes aceites
le habían quitado las partículas y el polvo.
—¿Puedo hacer algo por usted? —preguntó cor-
tésmente el robot.
Luke estudió la máquina y, al hacerlo, parte de su
furia se apaciguó. No tenía sentido gritarle arbitraria-
mente a un robot.
—Lo dudo — respondió —, a menos que puedas al-
terar el tiempo y acelerar la cosecha. O sacarme de
este saco de arena por teletransporte bajo las barbas
de tío Owen.
Puesto que la ironía era difícil de detectar, incluso
para un robot sumamente complejo, Threepio analizó
la pregunta con objetividad antes de responder:
—No lo creo, señor. Sólo soy un androide de tercer
grado y no conozco demasiado la física transatómica.
— De repente, los acontecimientos de los dos últimos
días parecieron abalanzarse sobre él —. En realidad,
joven señor —prosiguió Threepio mientras miraba a
su alrededor con una nueva visión—, ni siquiera sé
con certeza en qué planeta me encuentro.
Luke rió irónicamente y adoptó una pose burlona.
—Si este universo cuenta con un centre esperan-
zador, te encuentras en el mundo más distante de él.
—Sí, Luke, señor.
El joven meneó la cabeza malhumorado.
—Olvídate del «señor»..; y di sencillamente Luke.
Este mundo se llama Tatooine.
Threepio asintió ligeramente.
—Gracias, Luke, se... Luke. Yo soy See Threepio,
especialista en relaciones entre humanos y androides
— señaló con un indiferente dedo de metal la unidad
de recarga—. Ése es mi compañero, Artoo Detoo.
—Encantado de conocerte, Threepio — saludó Luke
sencillamente—. A ti también, Artoo.
Atravesó el garaje, comprobó una válvula del panel
delantero de la máquina más pequeña y gruñó satis-