fecho. Cuando comenzó a desenchufar el cordón de
carga vio algo que le obligó a fruncir el ceño y a acer-
carse.
—¿Algo anda mal, Luke? —preguntó Threepio.
Luke se acercó a una pared cercana cubierta de
herramientas y eligió una pequeña de muchos brazos.
—Todavía no lo sé, Threepio.
Luke regresó junto al recargador, se agachó sobre
Artoo y con un pico cromado comenzó a raspar varias
abolladuras de la pequeña parte superior del androi-
de. Cuando la pequeña herramienta arrojaba al aire
trocitos corroídos, Luke retrocedía raudamente.
Threepio observó interesado los movimientos de
Luke.
—Aquí hay un montón de carbono estriado que yo
no conozco. Parece como si vosotros dos hubieseis
participado en acciones fuera de lo común.
—Claro que sí, señor — reconoció Threepio vol-
viendo a emplear el título honorífico. Esta vez Luke
estaba demasido concentrado para corregirle —. A ve-
ces me asombra que estemos en tan buena forma
— agregó como si lo hubiera pensado mejor, asustado
por el ímpetu de las palabras de Luke —. Con eso de
la rebelión y todo lo demás.
A pesar de su cautela, Threepio creyó que había
revelado algo, pues en los ojos de Luke apareció, una
llamarada semejante a la de los jawas.
—¿Sabes algo de la rebelión contra el Imperio?
— inquirió.
—En cierto sentido — confesó Threepio de mala
gana —. La rebelión fue responsable de que estemos
a su servicio. Verá, somos refugiados. — No agregó de
dónde.
A Luke no pareció importarle.
¡Refugiados!
¡Entonces
es cierto
que vi una ba-
talla espacial! — divagó can rapidez, agitado —. Dime
dónde habéis estado... en cuántos encuentros. ¿Cómo