deaba y se agitaba irregularmente, como si la graba-
ción se hubiese realizado e instalado con prisa. Luke
miró los extraños colores que se proyectaban en la
prosaica atmósfera del garaje y comenzó a formular
una pregunta. Pero no concluyó. Los labios de la figu-
ra se movieron y la muchacha habló... mejor dicho,
pareció hablar. Luke supo que el acompañamiento so-
noro se generaba en algún lugar del interior del torso
achaparrado de Artoo Detoo.
—Obi-wan Kenobi — imploró la voz roncamente —,
¡ayúdeme! Usted es la única esperanza que me queda.
— Un estallido de estática disolvió momentáneamen-
te el rostro. Volvió a aparecer y la voz repitió—:
Obi-wan Kenobi, usted es la única esperanza que me
queda.
El holograma continuó con un áspero zumbido.
Durante un largo rato, Luke permaneció sentado, to-
talmente inmóvil, mientras analizaba lo que veía; des-
pués pestañeó y dirigió sus palabras a la unidad
Artoo.
—Artoo Detoo, ¿qué significa todo esto?
El achaparrado androide se agitó ligeramente, el
retrato cúbico viró con él y emitió un bip que se pare-
cía lejanamente a una tímida respuesta.
Threepio parecía tan desorientado como Luke.
—¿Qué es esto? —preguntó bruscamente, señalan-
do el retrato hablante y luego a Luke —. Te han hecho
una pregunta. ¿Qué y quién es esto, cómo lo originas...
y por qué?
La unidad Artoo generó un bip de sorpresa, como
si acabara de reparar en el holograma. Siguió un si-
seante torrente de información.
Threepio asimiló los datos, intentó fruncir el ceño,
no pudo y trató de transmitir su propia conclusión a
través del tono de su voz.
—Insisto en que no es nada, señor. Tan sólo un
funcionamiento imperfecto. Datos viejos. Una cinta