podamos contratar algunos braceros más. No androi-
des... sino personas. Entonces podrás ir a la Acade-
mia.—Le costaba trabajo pronunciar estas palabras,
pues no estaba acostumbrado a suplicar —. Te necesi-
to aquí, Luke. Lo comprendes, ¿no?
—Es un año — objetó su sobrino hoscamente —.
Otro
año.
¿Cuántas veces había oído eso mismo? ¿Cuántas
veces habían repetido semejante charla y obtenido el
mismo resultado?
Convencido una vez más de que Luke había acep-
tado su modo de pensar, Owen minimizó esta obje-
ción.
—El tiempo pasará antes de que te des cuenta.
Luke se levantó bruscamente y apartó el plato cuya
comida apenas había tocado.
—Eso es lo que dijiste el año pasado, cuando Biggs
se marchó — y giró y salió corriendo del comedor.
—Luke, ¿adonde vas? —gritó su tía, preocupada.
La respuesta de Luke fue áspera y amarga.
—Parece que no voy a ninguna parte. — Después
agregó, por consideración a la sensibilidad de su
tía—: Tengo que terminar de limpiar los androides
si es que han de estar listos para trabajar mañana.
El silencio dominó el comedor tras la partida de
Luke. Marido y mujer comieron mecánicamente. Fi-
nalmente, tía Beru dejó de revolver la comida del pla-
to, levantó la vista y dijo con absoluta seriedad:
—Owen, no puedes tenerle aquí para siempre. La
mayoría de sus amigos, la gente con la que creció, se
ha marchado. La Academia significa tanto para él...
Su marido respondió con apatía:
—Le dejaré marchar el año que viene. Lo prometo.
Tendremos dinero... tal vez, dentro de dos años.
—Owen, Luke no es un granjero —continuó ella
con firmeza —. Por más esfuerzos que hagas para con-
vertirlo en un granjero, nunca lo será. —Meneó len-