miento en su mente. Una ligera mirada a la cámara
no captó movimiento alguno. Ninguna de las máqui-
nas nuevas estaba a la vista. Luke frunció ligeramente
el ceño, sacó del cinturón una cajita de mandos y ac-
tivó un par de palancas empotradas en el plástico.
De la caja surgió un suave zumbido. El llamador
hizo aparecer a Threepio, el más alto de los dos ro-
bots. En realidad, lanzó un grito de sorpresa cuando
surgió desde detrás del saltador celestial.
Luke comenzó a caminar hacia él, totalmente des-
concertado.
—¿Por qué te ocultas allí atrás?
El robot salió dando traspiés de la proa de la nave,
en actitud desesperada. Entonces Luke advirtió que,
a pesar de que había activado el llamador, la unidad
Artoo todavía no había aparecido.
Threepio comunicó espontáneamente el motivo de
su ausencia... o de algo relacionado con ella:
—No fue culpa mía — imploró frenéticamente el
robot—. ¡Por favor, no me desactive! Le dije que no
se fuera, pero falla. Debe de funcionar imperfecta-
mente. Algo ha destruido totalmente sus circuitos ló-
gicos. Parloteaba algo acerca de algún tipo de misión,
señor. Nunca antes había oído a un robot con deli-
rios de grandeza. Estas cosas ni siquiera deberían es-
tar en las unidades de teoría meditativa de algo tan
básico como la unidad Artoo y...
—¿ Quieres decir... ? — Luke comenzó a abrir la
boca.
—Sí, señor... se ha marchado.
—¡ Y yo mismo le quité el acoplamiento de conten-
ción ! — murmuró Luke lentamente. Podía imaginar la
cara que pondría su tío. Le había dicho que invirtie-
ron los últimos ahorros en estos androides.
Luke salió corriendo del garaje y buscó motivos
inexistentes por los cuales la unidad Artoo había per-