dido los estribos. Threepio le siguió pisándole los ta-
lones.
Luke tuvo una visión panorámica del desierto cir-
cundante desde una pequeña cadena que configuraba
el punto más alto y cercano a la granja. Cogió sus ado-
rados prismáticos y recorrió los horizontes que oscu-
recían rápidamente, en busca de algo pequeño, metá-
lico, de tres patas, y fuera de sus cabales mecánicos.
Trhreepio se abrió paso con dificultad en medio de
la arena y se detuvo junto a Luke.
—Esa unidad Artoo sólo ha causado problemas
—gimió—. A veces los androides astromecánicos se
vuelven demasiado iconoclastas para que incluso yo
logre comprenderlo.
Luke bajó los prismáticos y comentó flemática-
mente :
—Bien, no está a la vista. — Pateó furiosamente el
terreno—. ¡Maldito sea... cómo fui tan estúpido y
dejé que me convenciera de que le quitara el conte-
nedor! Tío Owen me matará.
—Disculpe, señor — se atrevió a decir esperanzado
Threepio, mientras la visión de los jawas bailaba en
su cabeza—. ¿No podemos ir tras él?
Luke giró. Estudió cuidadosamente la muralla de
negrura que avanzaba hacia ellos.
—De noche, no. Es demasiado peligroso con todos
los invasores que andan sueltos. Los jawas no me pre-
ocupan demasiado, pero los habitantes de la arena...
No, en la oscuridad no. Tendremos que esperar a que
amanezca para tratar de rastrearlo.
Llegó un grito de la granja situada más abajo:
—Luke... Luke, ¿todavía no has terminado con los
androides? Esta noche cortaré la energía.
—¡Está bien! —respondió Luke y evitó la pregun-
ta —. Bajaré dentro de unos minutos, tío Owen. — Giró
y echó una última mirada hacia el desvanecido hori-
zonte—. ¡Chico, en qué lío estoy metido! —murmu-