ró —. Ese pequeño androide me creará un montón de
problemas.
—Oh, en eso se luce, señor —confirmó Threepio
con burlona alegría.
Luke le dedicó una áspera mirada y juntos bajaron
al garaje.
—¡ Luke... Luke! —Mientras se restregaba los ojos
para despertarse, Owen miró de un lado a otro y se
frotó los músculos del cuello—. ¿Sonde estará hara-
ganeando ese muchacho? — se preguntó en voz alta al
no obtener respuesta. No había indicios de movimien-
to en la granja y ya había mirado arriba —. ¡Lukel
—volvió a gritar.
Luke, Luke, Luke...
El nombre re-
tumbó en las paredes de la granja. Giró furioso y se
dirigió a la cocina, donde Beru preparaba el desayu-
no—. ¿Has visto a Luke esta mañana? —preguntó
con la mayor suavidad posible.
Ella le dirigió una breve mirada y siguió cocinando.
—Sí. Dijo que esta mañana tenía algunas cosas
que hacer antes de dirigirse a la sierra oeste, de modo
que se marchó temprano.
—¿Antes de desayunar? —Owen frunció el ceño,
preocupado—. No es lo que suele hacer. ¿Se llevó a
los nuevos androides?
—Supongo que sí. Estoy segura de que al menos
iba uno con él.
—Bueno —murmuró Owen, incómodo pero sin
nada que justificara sus maldiciones—. Será mejor
que a mediodía haya reparado esas unidades de la sie-
rra o se armará la gorda.
Un rostro cubierto de metal blanco uniforme sur-
gió de la cápsula del bote salvavidas semienterrado,
que ahora formaba el espinazo de una duna levemente