más alta que sus vecinas. La voz sonaba eficaz pero
cansada.
—Nada —comunicó el soldado que inspeccionaba
junto a sus compañeros—. Ni cintas ni la menor se-
ñal de estar habitada.
Al conocer la noticia de que la cápsula estaba de-
sierta, bajaron las potentes armas de mano. Uno de
los hombres acorazados giró y llamó a un oficial que
se encontraba a cierta distancia.
—Señor, indudablemente ésta es la cápsula que
salió de la nave rebelde, pero no hay nada a bordo.
—Pero se posó intacta — afirmó en voz baja el ofi-
cial —.
Podría
haberlo hecho automáticamente, pero
si sufrió un auténtico desperfecto, los mandos auto-
máticos no se pusieron en marcha—. Algo no enca-
jaba.
—Señor, aquí está el motivo por el cual no hay
nada a bordo ni indicios de vida — declaró una voz.
El oficial giró y avanzó unos pasos hasta un solda-
do que permanecía arrodillado en la arena. Levantó
un objeto para que el oficial lo revisara. La luz del sol
lo hizo brillar.
—La placa de un androide — afirmó el oficial des-
pués de echar una rápida mirada al fragmento de
metal.
Superior y subordinado intercambiaron una mira-
da significativa. Luego dirigieron simultáneamente la
vista hacia las altas llanuras del norte.
La grava y la arena fina levantaban una bruma are-
nosa detrás del vehículo terrestre de alta velocidad a
medida que éste atravesaba, sobre los expulsores zum-
antes, el ondulado yermo de Tatooine. El aparato se
sacudía ligeramente cuando se topaba con una pen-
diente o con una ligera elevación y reanudaba su avan-