ce uniforme cuando el piloto compensaba la irregula-
ridad del terreno.
Luke se recostó en el asiento y gozó de un relaja-
miento poco usual mientras Threepio dirigía diestra-
mente la poderosa nave terrestre por las dunas y los
afloramientos rocosos.
—Para ser una máquina, conduces bastante bien
el vehículo terrestre — afirmó, admirado.
—Gracias, señor — respondió agradecido Threepio,
sin apartar un instante la mirada del paisaje—. No
le mentí a su tío cuando afirmé que la versatilidad es
mi segundo nombre. A decir verdad, en algunas oca-
siones me han llamado para cumplir funciones ines-
peradas en circunstancias que habrían horrorizado a
mis diseñadores.
Algo tintineó dos veces detrás de ellos.
Luke frunció el entrecejo y levantó el toldo del ve-
hículo. Después de hurgar unos pocos instantes en la
caja del motor, el chasquido metálico desapareció.
—¿Cómo anda? —gritó hacia adelante.
Threepio indicó que el ajuste era satisfactorio. Luke
regresó a la cabina y volvió a correr el toldo. En si-
lencio, se apartó de los ojos el pelo azotado por el
viento mientras volvía a concentrarse en el árido de-
sierto que se abría ante ellos.
—Se supone que el viejo Ben Kenobi vive más o
menos en esta dirección. Aunque nadie sabe exacta-
mente dónde, no comprendo cómo esa unidad Artoo
pudo llegar tan lejos con tanta rapidez. — Estaba aba-
tido —. Debimos pasarlo por alto en alguna de las du-
nas. Podría encontrarse en cualquier parte. Y tío
Owen debe de estar preguntándose por qué todavía
no he pedido ayuda desde la sierra azul.
Threepio meditó un instante y se atrevió a decir:
—Señor, ¿serviría de algo que le dijera que la
culpa fue mía?
La propuesta pareció iluminar a Luke.