—Seguro... ahora él te necesita más que nunca.
Probablemente sólo te desactivará uno o dos días o
te borrará parcialmente la memoria.
¿Desactivar? ¿Borrar la memoria? Threepio agregó
a toda prisa:
—Señor, pensándolo bien, Artoo seguiría allí si us-
ted no le hubiese quitado el módulo de contención.
En ese momento, la mente de Luke estaba ocupada
en algo más importante que delimitar la responsabili-
dad de la desaparición del pequeño robot.
—Aguarda un minuto —indicó a Threepio mien-
tras estudiaba atentamente el panel de instrumen-
tos —. En el dispositivo explorador mecánico aparece
algo. A distancia no logro distinguir su perfil pero, a
juzgar por el tamaño,
podría
ser nuestro androide va-
gabundo. Alcánzalo.
El vehículo terrestre salió disparado cuando Three-
pio accionó el acelerador; sus ocupantes ignoraban to-
talmente que otros ojos vigilaban mientras la nave
aumentaba de velocidad.
Esos ojos no eran orgánicos pero tampoco del todo
mecánicos. No se sabia con certeza, pues nunca nadie
había realizado un estudio tan detallado de los incur-
sores tuskens, que los granjeros que poblaban Tatooi-
ne llamaban con menos formalidad habitantes de la
arena.
Los tuskens no permitían que se les estudiara de
cerca y desalentaban a los potenciales observadores
con métodos tan eficaces como incivilizados. Algunos
científicos censaban que debían estar emparentados
con los jawas. Un grupo más reducido sostenía la hi-
pótesis de que, en realidad, los jawas eran la forma
madura de los habitantes de la arena, pero la mayoría
de los científicos serios desechaban esa teoría.
Ambas razas vestían ropas ceñidas para protegerse