de la dosis gemela de radiación solar de Tatooine, pero
allí terminaban las similitudes. En lugar de los pesa-
dos mantos tejidos que llevaban los jawas, los habi-
tantes de la arena se envolvían como momias con in-
terminables fajas, vendas y trozos de tela.
En tanto los jawas tenían miedo de todo, pocas
eran las cosas que un incursor tusken temía. El pueblo
de la arena era más grande, más fuerte y mucho más
agresivo. Afortunadamente para los colonos humanos
de Tatooine, no eran demasiado numerosos y prefe-
rían llevar una existencia nómada en las regiones más
desoladas. En consecuencia, los contactos entre los
granjeros y los tuskens eran poco frecuentes e irregu-
lares y éstos sólo asesinaban unas pocas personas
por año. Puesto que la población humana había toma-
do su parte de los tuskens, no siempre con razón,
existía entre ambos una especie de paz... siempre que
ninguno de los dos bandos tuviera ventaja.
Uno de los miembros de una pareja sintió que esa
condición irregular había variado provisionalmente a
su favor y se disponía a aprovecharla plenamente
mientras apuntaba con el rifle hacia el vehículo terres-
tre. Pero su compañero le arrebató el arma y la arrojó
lejos de sí antes de que el primero pudiera disparar.
Este hecho provocó una violenta discusión. Mientras
intercambiaban chillonas opiniones en un idioma que
prácticamente se componía de consonantes, el vehícu-
lo terrestre siguió su camino.
Ya sea porque el vehículo había quedado fuera de
su alcance o porque el segundo tusken había conven-
cido al otro, ambos interrumpieron la discusión y se
escabulleron por detrás de la elevada sierra. En la par-
te inferior, dos banthas se movieron al ver llegar a sus
amos. Tenían el tamaño de un dinosaurio pequeño,
ojos brillantes y una pelambre larga y espesa. Sisearon
ansiosos mientras los dos habitantes de la arena se
acercaban y montaban a horcajadas en la silla.