legítimo. ¿Cómo pudiste alejarte de él de este modo?
Ahora que te ha encontrado, olvidemos ese galimatías
de «Obi-wan Kenobi». No sé de dónde surgió eso...
ni dónde conseguiste ese melodramático holograma.
Artoo comenzó a lanzar bips de protesta, pero la
indignación de Threepio era excesiva para aceptar ex-
cusas.
—No me hables de tu misión. ¡Qué bobada! Tienes
suerte de que el amo Luke no te convierta en un mi-
llón de piezas, aquí y ahora.
—No hay muchas posibilidades de que lo haga
—reconoció Luke, algo abrumado por el despreocu-
pado rencor de Threepio—. Vamos... se hace tarde.
— Miró los soles que ascendían rápidamente —. Espe-
ro que estemos de regreso antes de que tío Owen se
marche.
—Si no le molesta que intervenga — propuso Three-
pio, evidentemente opuesto a que la unidad Artoo fue-
ra absuelta con tanta facilidad—, creo que debería
desactivar al pequeño fugitivo hasta que lo tenga sano
y salvo en el garaje.
—No. No intentará nada —Luke estudió severa-
mente al androide, que emitía suaves bips —. Supon-
go que ha aprendido la lección. No es necesario...
Sin advertencia, la unidad Artoo saltó de repente,
importante hazaña si se tiene en cuenta la debilidad
de los mecanismos de resorte de sus tres gruesas pa-
tas. Su cuerpo cilindrico giraba y se retorcía mientras
emitía una frenética sinfonía de silbidos, gritos y ex-
clamaciones mecánicas.
Luke no estaba alarmado sino cansado.
—¿Qué ocurre? ¿Qué es lo que falla ahora? —Co-
menzaba a ver que la paciencia de Threepio podía ago-
tarse. Él mismo ya estaba harto de ese instrumento
estéril.
Indudablemente, la unidad Artoo había conseguido
por accidente el holograma de la muchacha y después