lecho del cañón, vio inesperadamente dos formas ata-
das con una cuerda. ¡Banthas... y sin jinete!
—Señor, ¿ha dicho algo? — resolló Threepio mien-
tras luchaba por situarse detrás de Luke. Sus locomo-
tores no estaban diseñados para ese esfuerzo y ese as-
censo al aire libre.
—Banthas, sin duda alguna —susurró Luke por
encima del hombro, sin pensar, a causa de la agita-
ción del momento, que quizá Threepio no sabía dis-
tinguir entre un bantha y un panda. Volvió a mirar
por los oculares y los acomodó ligeramente —. Espe-
ra... no hay duda de que son habitantes de la arena.
He visto a uno de ellos.
Súbitamente, algo oscuro bloqueó su visión. Duran-
te un instante pensó que una roca se había posado de-
lante de él. Malhumorado, soltó los prismáticos y se
estiró para apartar el objeto que le impedía ver. Su
mano tocó algo parecido a un metal ligero.
Era una pierna vendada, aproximadamente del
mismo grosor que las dos de Luke. Azorado, elevó la
mirada... y siguió elevándola. La imponente figura que
lo miraba furioso no era un jawa. Aparentemente, ha-
bía surgido de la arena.
Sorprendido, Threepio dio un paso hacia atrás y no
encontró apoyo. Mientras los giróscopos gemían pro-
testando, el alto robot resbaló por el costado de la
duna. Inmovilizado en su sitio, Luke oyó detonaciones
y castañeteos cada vez más suaves a medida que Three-
pio rebotaba por la escarpada ladera detrás de él.
Pasado ya el instante de confrontación, el tusken
lanzó un terrible gruñido de furia y placer y bajó su
pesada gardeffii. El hacha de doble filo habría divi-
dido limpiamente en dos el cráneo de Luke si éste no
hubiera levantado el rifle en un gesto más instintivo
que calculado. El arma desvió el golpe, pero ya no vol-
vería a serle útil. La enorme hacha, confeccionada con
la plata procedente de un carguero, destrozó el cañón