y convirtió las delicadas interioridades del arma
en
confites metálicos.
Luke retrocedió y se encontró ante una escarpada
caída. El incursor lo acechó sin dejar de sostener el
arma por encima de su cabeza de harapos. Lanzó una
risa horripilante y sofocada, que resultó aún más in-
humana por el efecto distorsionador de su filtro de
arena en forma de reja.
Luke intentó analizar objetivamente la situación,
tal como le habían enseñado en la escuela de supervi-
vencia. Existía un problema, tenía la boca seca, le tem-
blaban las manos y estaba paralizado de temor. Con
el incursor delante de él y una caída probablemente
fatal a sus espaldas, algo se apoderó de su mente y
Luke escogió la respuesta menos dolorosa. Se des-
mayó.
Ninguno de los incursores reparó en Artoo Detoo
cuando el pequeño robot se metió en un estrecho hue-
co de las rocas cercanas al vehículo terrestre de alta
velocidad. Uno de ellos trasladaba el cuerpo inerte de
Luke. Depositó al joven inconsciente junto al vehícu-
lo y se unió a sus compañeros, que comenzaban a api-
ñarse en torno a la nave abierta.
Provisiones y repuestos volaron en todas direccio-
nes. De vez en cuando interrumpían el saqueo, pues
varios reivindicaban un elemento especialmente elegi-
do del botín o se peleaban por él.
Inesperadamente cesó la distribución del conteni-
do del vehículo terrestre y, con asombrosa rapidez, los
incursores pasaron a formar parte del paisaje desér-
tico mientras miraban en todas direcciones.
Una suave brisa bajó distraídamente por el cañón.
Lejos, hacia el oeste, algo aulló. Un zumbido rodante y
resonante rebotó contra las murallas del cañón y su-
bió y bajó nerviosamente a horrible escala.
Los habitantes de la arena permanecieron inmóvi-
les un instante más. Emitían enérgicos gruñidos y ge-