midos de temor mientras intentaban alejarse del ve-
hículo terrestre excesivamente visible.
El aullido estremecedor volvió a repetirse, esta vez
más cerca. Los habitantes de la arena ya se encontra-
ban a mitad de camino del sitio donde los esperaban
los banthas, que también mugían nerviosamente y ti-
raban de sus cuerdas.
Aunque el sonido carecía de significado para Artoo
Detoo, el pequeño androide intentó internarse más
profundamente en el hueco que era casi una caverna.
El resonante aullido sonó más cercano. A juzgar por
el modo como habían reaccionado los habitantes de la
arena, ese grito terrible debía de provenir de algo in-
imaginablemente monstruoso. Algo monstruoso y ase-
sino que tal vez no tuviera sensatez para discernir en-
tre los orgánicos comestibles y las máquinas incomi-
bles.
Ni siquiera quedaba el polvo levantado por sus pa-
sos para señalar el sitio donde hacía unos pocos minu-
tos los incursores tuskens habían desvalijado el inte-
rior del vehículo terrestre. Artoo Detoo interrumpió
todas sus funciones salvo las vitales, e intentó minimi-
zar el ruido y la luz a medida que un sonido azotante
se tomaba gradualmente perceptible. El ser, que avan-
zaba hacia el vehículo terrestre de alta velocidad, apa-
reció sobre la cima de una duna cercana...