V
Era alto, pero en modo alguno monstruoso. Artoo
se encogió interiormente mientras comprobaba sus
circuitos oculares y reactivaba sus tripas.
El monstruo era muy parecido a un hombre viejo.
Iba vestido con un manto andrajoso y varias túnicas
sueltas colgaban junto a varias correas pequeñas, pa-
quetes e instrumentos irreconocibles. Artoo miró de-
trás del hombre pero no detectó prueba alguna de una
pesadilla acosadora. Tampoco el hombre parecía ame-
nazado. En realidad, pensó Artoo, se le veía satisfecho.
Era imposible decir dónde terminaba el extraño
atuendo superpuesto del recién llegado y dónde co-
menzaba su piel. Ese rostro envejecido se mezclaba
con la tela asolada por la arena y su barba parecía
una extensión de las hebras sueltas que cubrían la
parte superior de su pecho.
En ese rostro arrugado estaban grabados al agua-
fuerte los indicios de climas extremos además del de-
sértico, las huellas del frío y la humedad definitivos.
Una nariz ganchuda e inquisitiva, como un promonto-
rio, sobresalía en medio de una inundación repentina
de arrugas y cicatrices. Los ojos que la rodeaban eran
de un viscoso azul celeste. El hombre sonrió en me-