dio de la arena, el polvo y la barba y bisqueó al ver
el
cuerpo encogido que yacía inmóvil junto al vehículo.
Convencido de que el pueblo de la arena había sido
víctima de algún tipo de engaño auditivo — como le
convenía, ignoró el hecho de que él también lo había
experimentado—, y seguro también de que el desco-
nocido no intentaba hacer daño a Luke, Artoo cam-
bió ligeramente de posición y trató de ver con más
claridad. Sus sensores electrónicos apenas percibieron
el sonido que produjo un minúsculo guijarro que des-
prendió, pero el hombre giró como si le hubiesen dis-
parado. Miró directamente hacia el hueco de Artoo,
con su gentil sonrisa.
—Hola —saludó con voz profunda y sorprenden-
temente alegre—. Ven aquí, amiguito. No tengas
miedo.
La voz denotaba algo franco y tranquilizador. De
cualquier manera, la asociación con un humano des-
conocido era preferible a continuar aislado en ese yer-
mo. Artoo salió a la luz del sol y anadeó hasta el lu-
gar donde yacía Luke. El cuerpo en forma de barril
del robot se inclinó para examinar la forma inerte. De
su interior surgieron silbidos y bips de preocupación.
El anciano se acercó, se agachó junto a Luke, tocó
su frente y después sus sienes. Poco después, el joven
inconsciente se agitaba y murmuraba como quien ha-
bla en sueños.
—No te preocupes — le dijo el humano a Artoo —,
se pondrá bien.
Como para confirmar su opinión, Luke pestañeó,
levantó la mirada sin comprender y murmuró:
—¿Qué ha ocurrido?
—Descansa tranquilo, hijo — le aconsejó el hom-
bre mientras se ponía en cuclillas—. Has tenido un
día ajetreado. —La sonrisa juvenil apareció nueva-
mente—. Tienes la enorme suerte de que tu cabeza
siga sujeta al resto de tu cuerpo.