Luke miró a su alrededor y fijó la vista en el ros-
tro del anciano que se encontraba a su lado. El reco-
nocimiento obró milagros en su estado.
—¡Usted tiene que ser... Ben! —Un recuerdo sú-
bito le llevó a mirar a su alrededor con temor. Pero
no había señales de los habitantes de la arena. Lenta-
mente, se sentó—. Ben Kenobi... ¡ cuánto me alegro
de verlo!
Elanciano se puso de pie, miró hacia el fondo del
cañón y el borde de la muralla. Agitaba la arena con
un pie.
—No es fácil viajar por los yermos de Jundiand. Es
el viajero equivocado el que tienta la hospitalidad de
los tuskens. —Volvió a mirar a su paciente—. Dime,
joven, ¿qué te trae tan lejos a esta nada?
Luke señaló a Artoo Detoo.
—Ese pequeño androide. Durante un tiempo pensé
que había enloquecido pues afirmaba que estaba bus-
cando a un amo anterior. Ahora no pienso lo mismo.
Nunca he visto semejante devoción en un androide...
equivocada o no. Parece que nada puede detenerle; in-
cluso recurrió a tenderme una trampa — Luke levantó
la mirada —. Afirma que es propiedad de alguien lla-
mado Obi-wan Kenobi — Luke le observó atentamen-
te, pero el hombre no mostró reacción alguna —. ¿Aca-
so es pariente suyo? Mi tío cree que fue una persona
que existió. ¿O sólo se trata de una parte de informa-
ción cifrada sin importancia que se mezcló en su ban-
co de interpretación primaria?
Un gesto introspectivo obró maravillas en ese ros-
tro castigado por la arena. Kenobi pareció meditar la
cuestión y rascó distraídamente su sucia barba.
—¡ Obi-wan Kenobi ! —recitó—. Obi-wan.., vaya,
vaya, hacía mucho tiempo que no oía ese nombre. Mu-
chísimo tiempo. Muy curioso.
—Mi tío dijo que estaba muerto —agregó Luke
amablemente.