—Oh, no está muerto — lo corrigió Kenobi sin mo-
lestarse—. Todavía no, todavía no.
Luke se puso de pie, agitadamente, olvidado total-
mente de los incursores tuskens.
—Entonces, ¿usted le conoce?
Una sonrisa de perversa jovialidad iluminó aquel
entramado de piel arrugada y barba.
—Claro que le conozco: soy yo. Probablemente era
lo que sospechabas, Luke. Pero no he utilizado el nom-
bre de
Obi-wan
desde antes de que tú nacieras.
—Entonces —agregó Luke mientras señalaba a
Artoo Detoo —, este robot le pertenece, como él mis-
mo afirma.
—Bueno, eso es lo extraño —confesó Kenobi cla-
ramente desconcertado, mirando al silencioso robot —.
No recuerdo haber poseído un androide, menos aún
una unidad Artoo moderna. Muy interesante, muy in-
teresante. —Súbitamente algo desvió la mirada del
anciano hasta el borde de los riscos cercanos —. Creo
que será mejor que utilicemos tu vehículo. Los habi-
tantes de la arena se sorprenden fácilmente, pero no
tardarán en regresar en tropel. Un vehículo terrestre
de alta velocidad no es un premio que se abandone fá-
cilmente, y, después de todo, no son jawas.
Kenobi se cubrió la boca con ambas manos de un
modo extraño, inspiró profundamente y lanzó un au-
llido inverosímil que hizo saltar a Luke.
—Eso hará que los rezagados sigan corriendo
— concluyó el viejo, satisfecho.
—¡Es el reclamo de un dragón krayt! —Luke abrió
la boca azorado—. ¿Cómo lo hizo?
—Hijo, alguna vez te lo enseñaré. No es demasiado
difícil. Sólo necesitas la actitud adecuada, un conjun-
to de cuerdas vocales bastante usadas y bocanadas de
aire. Si fueras un burócrata imperial, te lo enseñaría
inmediatamente; pero no lo eres. —Volvió a recorrer