el borde del risco con la mirada—. No creo que éste
sea el momento ni el lugar adecuado para hacerlo.
—No se lo discuto — dijo Luke mientras se frota-
ba la nuca —. Pongámonos en marcha.
En ese momento, Artoo emitió un patético bip y
giró. Luke no sabía interpretar el chillido electrónico,
pero súbitamente comprendió la razón que lo moti-
vaba.
—Threepio — exclamó Luke, preocupado. Artoo ya
se alejaba tan rápido como podía del vehículo terres-
tre—. Ben, acompáñeme.
El pequeño robot los condujo hasta el borde de un
extenso arenal. Allí se detuvo, señaló hacia abajo y chi-
lló pesarosamente. Luke vio hacia dónde apuntaba Ar-
too y comenzó a bajar cautelosamente por la pendien-
te tersa y movediza mientras Kenobi le seguía sin
dificultad.
Threepio yacía sobre la arena, al comienzo de la
pendiente donde había tropezado y caído. Su revesti-
miento estaba descascarillado y terriblemente magu-
llado. Se había roto un brazo, que estaba retorcido
cerca de él.
—
¡
Threepio! —
gritó Luke.
No obtuvo respuesta. Sacudió al androide pero no
logró activar nada. Luke abrió una placa de la espalda
del robot y encendió y apagó varias veces un interrup-
tor oculto. Se inició un suave zumbido, se interrum-
pió, volvió a comenzar y luego se convirtió en un ron-
roneo normal.
Threepio rodó ayudado por el otro brazo y se sentó.
—¿Dónde estoy? —murmuró mientras sus fotorre-
ceptores seguían despejándose. En ese momento reco-
noció a Luke —. Oh, señor, lo siento. Creo que di un
mal paso.
—Tienes la suerte de que algunos de tus circuitos
principales siguen funcionando — le informó Luke.
Miró significativamente hacia la cima de la colina—
.