¿Puedes ponerte de pie? Tenemos que salir de aquí an-
tes de que regresen los habitantes de la arena.
Los servomotores chirriaron y protestaron hasta
que Threepio dejó de forcejear.
—Creo que no puedo. Márchese, amo Luke. No tie-
ne sentido que usted se arriesgue por mí. Estoy aca-
bado.
—No, no lo estás —le respondió Luke, inexplica-
blemente afectado por la máquina que acababa de en-
contrar. Pero Threepio no era como los aparatos no
comunicativos y agrícola-funcionales con los que Luke
estaba acostumbrado a tratar—. ¿Qué tipo de conver-
sación es ésta?
—Lógica —le informó Threepio.
Luke meneó la cabeza, furioso.
—Derrotista.
El maltrecho androide logró erguirse con la ayuda
de Luke y de Ben Kenobi. El pequeño Artoo observaba
desde el borde del arenal.
Kenobi vaciló en mitad de la ladera y husmeó el
aire con desconfianza.
—Rápido, hijo, han vuelto a ponerse en marcha.
Luke luchó por arrastrar a Threepio fuera del are-
nal mientras trataba de observar las rocas circundan-
tes y al mismo tiempo prestar atención a sus pasos.
El decorado de la caverna oculta de Ben Kenobi
era espartano, aunque no parecía incómodo. A la ma-
yoría de las personas no les habría servido, pues refle-
jaba los gustos peculiarmente eclécticos de su dueño.
De la zona de estar ascendía un halo de magra co-
modidad, que daba más importancia a los consuelos
mentales que a los del desmañado cuerpo humano.
Habían logrado salir del cañón antes de que los
incursores tuskens retornaran en tropel. Bajo la guía
de Kenobi, Luke dejó un rastro tan confuso que ni si-