quiera un jawa de olfato hipersensibilizado hubiera
podido seguirlo.
Durante varias horas, Luke ignoró las tentaciones
de la caverna de Kenobi. Permaneció en el rincón equi-
pado corno taller de reparaciones, apretado pero com-
pleto, y se dedicó a arreglar el brazo de Threepio.
Afortunadamente, los desconectadores automáticos
por sobrecarga habían funcionado bajo la fuerte ten-
sión y aislado los nervios y los ganglios electrónicos
sin que se produjeran daños graves. La reparación
sólo consistía en volver a unir el miembro al hombro
y en activar los autorreobturadores. Si el brazo se hu-
biese partido en mitad del «hueso», en lugar de que-
brarse en la coyuntura, estas reparaciones únicamen-
te se hubieran podido efectuar en el taller de una fá-
brica.
Mientras Luke permanecía ocupado, Kenobi centró
su atención en Artoo Detoo. El achaparrado androide
permanecía pasivamente sentado en el frío suelo de la
caverna, mientras el anciano hurgaba su interior de
metal. Por último, Kenobi se echó hacia atrás, lan-
zó una exclamación de satisfacción y cerró los paneles
de la redondeada cabeza del robot.
—Ahora, amiguito, veamos si podemos averiguar
quién eres y de dónde vienes.
Luke casi había terminado y las palabras de Keno-
bi bastaron para que dejara la zona de reparaciones.
—Vi parte del mensaje — comenzó a decir— y yo...
Una vez más, el sorprendente relato se proyectaba
en el espacio frontal del pequeño robot. Luke guardó
silencio, nuevamente embelesado por su enigmática
belleza.
—Sí, creo que es eso —murmuró Kenobi pensati-
vamente.
La imagen siguió parpadeando, lo que denotaba
una cinta preparada apresuradamente. Pero ahora era
mucho más nítida, más definida, notó Luke admirado.