Había algo evidente: Kenobi estaba especializado en
temas mucho más específicos que la recolección en el
desierto.
—General Obi-wan Kenobi —decía la voz meli-
flua —, me presento en nombre de la familia mundial
de Alderaan y de la alianza para restaurar la Repúbli-
ca. Perturbo su soledad por orden de mi padre, Bail
Organa, virrey y primer presidente del sistema de Al-
deraan.
Kenobi asimiló esta extraordinaria proclama mien-
tras Luke abría los ojos tan desmesuradamente que
parecía que se le saldrían de las órbitas.
—Años atrás, general —continuó la vaz—, usted
sirvió a la Antigua República durante las guerras cló-
nicas. Ahora mi padre le ruega que nos ayude nueva-
mente en nuestra hora más desesperada. Quiere que se
reúna con él en Alderaan. Usted
debe
ir a su encuen-
tro. Lamento no poder presentarle personalmente la
solicitud de mi padre. La misión de reunirme con us-
ted ha fracasado. Por ello me he visto obligada a re-
currir a este método secundario de comunicación. La
información vital para la supervivencia de la alianza
está encerrada en la mente de este androide, Detoo.
Mi padre sabrá cómo recuperarla. Le ruego que se
ocupe de que esta unidad llegue sana y salva a Alde-
raan. — Hizo una pausa y, al continuar, sus palabras
eran apresuradas y menos formales —. Usted
debe
ayudarme, Obi-wan Kenobi. Es mi última esperanza.
Los agentes del Imperio me capturarán. No consegui-
rán que yo les diga algo. Todo lo que se puede saber
está encerrado en las células de la memoria de este
androide. No nos defraude, Obi-wan Kenobi. No
me
defraude.
Una pequeña nube de estática tridimensional reem-
plazó al delicado retrato, que después desapareció to-
talmente. Artoo Detoo miró esperanzado a Kenobi.
La mente de Luke estaba tan oscurecida como una