charca cubierta de petróleo. Sus pensamientos y su
mirada a la deriva buscaron estabilidad en la tranqui-
la figura sentada cerca de él.
El viejo. El brujo loco. El trotamundos del desierto
y el personaje en todos los sentidos, al que su tío y
todos los demás conocían desde que Luke tenía me-
moria. Si el anhelante mensaje repleto de angustia que
la desconocida joven acababa de pronunciar en el aire
fresco de la caverna había afectado de algún modo a
Kenobi, éste no lo dejó traslucir. Se recostó contra la
pared de piedra, se atusó pensativamente la barba y
chupó lentamente de una informe pipa de agua, de
cromo deslustrado.
Luke visualizó ese retrato sencillo pero hermoso.
—Ella es tan... tan... —Su educación en la granja
no le permitió encontrar las palabras precisas. De re-
pente, algo de lo dicho en el mensaje le llevó a mirar
incrédulamente al anciano—. General Kenobi, ¿usted
combatió en las guerras clónicas? Pero... ocurrieron
hace tanto tiempo...
—Bueno, sí — reconoció Kenobi con la misma indi-
ferencia con que podría haber discutido una receta de
estofado —. Supongo que ha pasado cierto tiempo. An-
tiguamente fui un caballero jedi. Como tu padre
— agregó, y miró al joven con aprecio.
—Un caballero jedi — repitió Luke. Después se
mostró confundido—. Pero mi padre no luchó en las
guerras clónicas. No era un caballero... sino un nave-
gante de un carguero espacial.
La sonrisa de Kenobi ensanchó la boquilla de la
pipa.
—O eso es lo que te ha contado tu tío. — Súbita-
mente concentró su atención en otra cosa—. Owen
Lars no estaba de acuerdo con las ideas, las opiniones
ni los conceptos de la vida de tu padre. Consideraba
que tu padre debió quedarse aquí, en Tatooine, en lu-
gar de mezclarse en... —Una vez más encogió los